El alcoholismo, médicamente conocido como trastorno por uso de alcohol, es una enfermedad crónica caracterizada por la incapacidad de controlar el consumo de bebidas alcohólicas a pesar de las consecuencias negativas.
La diferencia entre consumo social y dependencia radica en el control y las consecuencias. La dependencia implica pérdida de control, tolerancia y síndrome de abstinencia.
Los síntomas físicos incluyen temblores, sudoración, náuseas y problemas gastrointestinales.
A nivel psicológico: irritabilidad, ansiedad y depresión.
El diagnóstico se basa en criterios clínicos durante al menos 12 meses.
Uso de benzodiacepinas como diazepam o lorazepam para controlar abstinencia.
Se combinan con terapia psicológica.
Provoca reacciones desagradables al consumir alcohol.
Reduce el deseo de beber.
Estabiliza el sistema nervioso.
Comienza entre 6–24 horas, con pico a las 48–72 horas.
Requiere supervisión médica, en casos graves hospitalización.
Naltrexona y acamprosato ayudan a mantener abstinencia.
Ansiedad y depresión pueden requerir tratamiento adicional.
El apoyo familiar es clave para la recuperación.